martes, 19 de abril de 2011

UNA ILUSIÓN


DE MI AMIGO DAVID FORTEZA.
‎"COMO ES POSiBLE ENAMORARME"

Como es posible...
que mis sue~os
se enamore
de una cara linda
que nunca ha existido
donde sus palabras me an susurrado
serpentiado el espiral de mi cuello
buscando llegar a mi oido
donde su timida voz
conquisto mi ilusion
en el vacio de mi silencio...

Como es posible...
que alla sentido
su frias manos
buscando el calor de mi alma,
hasta pude besarlas
cuando me las lleve
a mi oscuro pecho
para comprobar
si era real su brillo...

"Me pregunto?...
como es posible
palpar con ansias
el sabor a miel
de sus dulces labios
a los que probe con lagrimas
hasta sentir la suavidad
de su transparente amor
consolando mi llanto...

Como es posible...
flotar en la ternura
de su cuerpo
la que me envolvio
en sus sabanas
con su sensual seda
al acurrucarme
apasionadamente
y sentir su calidos brazos
abrigar mis sue~os
mientras me moria yo de frio...

"Me pregunto?"...
como es posible
extra~ar tanto
su rostro
que solo he visto
en mi ilusion
donde se fundio
en mi mirada
y enloquecio con mi emocion
al sentir mi desnudo pecho
moldiarce al suyo
y recoger yo su cuerpo
al desmayarse en mis brazos
cuando reconocio el ingravito perfume
de mi pecho
y hombros...

"Me pregunto"...
Como es posible
enamorarme de una imagen
de la cual lloro todas la noches
desesperadamente
esperando a que regrese
nuevamente cuando cae el sol
a acompa~ar
la soledad de mis sue~os...

Como es posible...
que no sienta vivir
ni comer,ni reir
ni enamorarme
de mas nadie
porque solo
su pasion
ternura y amor
me da vida....

"Me pregunto?"
como es posible
que el amor
de una ilusion
me tenga atrapado
en el infinito
de su corazon
como si fuera
una realidad
dentro de un sue~o
donde me enamore de ella....

lunes, 18 de abril de 2011

AMIGA


Fantasiosa, ilusionada, engreída, encantada
de recorrer tus recovedos...
En un enigma, pasatiempos de mis días
podía estar yo fundamental pues me
atraía las escaleras, sala, comedor y cocina;
hasta mi recámara compartida.

El zaguán de mi niñez esplendorosa
humildad; no había postigo la cuál
permitiera una travesura mas, de aquellas
que en mis veinticinco primaverales años
hubiera podido cometer.

El tercer piso me acompaña siempre
con mis habanos hasta consumirlos y
convertirlos en pitillos....Y en el humo que
desfogo te vas tal cuál pensamiento mío...

De algún modo habrá para compartir solo panes,
pero es mi casa, mi refugio, donde me acuesto,
desvanezco, duermo y me levanto con tranquilidad;
sin ninguna mirada desatante de nadie.

Insisto es mi casa, mi territorio que me ha visto
vagabunda algunas veces y otras fugitiva por no querer
reconocer mis altanerías, por no querer aceptar
mis equivocaciones.

...Y me has visto rebozante, solozando, depresiva,
preocupada y enfermiza. Me has regocijado en tus
brazos en mis triunfos y derrotas...

Tus paredes me conocen tal cual,
tus matices me celebran mis parrandas
y tu puerta ha abierto mi suelo y mis
subsuelos; conociendo cada parte mía.
Morada mía, tu guardas con celo mis poemas,
pensamientos, cuentos, moralejas y ensayos en cada
ángulo donde me haya podido sentar...Y soy feliz,
feliz, feliz si hoy tengo nada mas que mi confortable hogar.

LUCIÉRNAGA


Luciérnaga de luz turbia
arropa horas sin segundos.
Es la tarde mortecina
la que augura pasos mudos
en medio del suburbio.
El crepúsculo ríe de cansancio
en la locura de su muerte lenta,
naranja como la vida,
gris plateado como el pasado...
Corre el ave rancia a guarecerse
de la media luz congénita
llena de instantes.
¿Habrá un nido para ti?
No lo recuerdo…
La tarde se encarga
de vestir la sombra de incoloros tonos
indagados en la lontananza del ayer sonoro.
¡Si! …sonoro
Aún retumba la tarde de la indiferencia
donde los trinos volaban sin retorno
y las hojas quietas simulaban sueño
para el trasnoche de las espacios largos.
Tarde, cruel, pintada de ocre azulado
con aroma de flores moribundas
has hecho pedazos el día asoleado
y mi alma acelera tu penumbra...

DONDE ESTANNNNNNNN



Mi pluma rasga el papel envejecido
de tardes lluviosas,
oigo sonar las campanas ancianas de bullicio,
un patio solitario me llena de pasado
allí dejé mi algarabía,
sueños rosados de años diminutos…
Amor y vocación,
clases de vida,
caminos dibujados por maestros ausentes.
¿Tú sabes donde están?
La santa de tu nombre
celebra tu fiesta cumpleañera.
…no han venido todos,
sus ojos parpadean de tristeza
porque que descansan en su regazo.
A ellos la eternidad de mi verso
los vi dibujar sus huellas en la escalera silenciosa,
reían conmigo al indio desnudo de hojas
testigo mudo de mi temor a las pruebas interminables.
He vuelto a Ti…has cambiado
Tus paredes semejan un cielo despejado de nubes
El azul contrasta con el pabellón que recuerda el amor a la Patria
Vuelvo a cantar en el coro rústico
Pero las gotas blancas del ayer
recorren mi rostro impávido de añoranza,
una figura de sotana negra dicta los valores del futuro
y la vestimenta marrón
compagina la rigidez de la disposición pautada
…han vuelto a sembrar cayenas rojas
ellas miran la calle vecina
mis manos guardan la tierra áspera de tus alrededores.
¡Con cuanto amor las sembré!
Con cuanto amor dejé mis pasos en tus espacios
He venido preguntarte
¡Dónde guardaste mis días’
¡Dónde me tienes mis años’
¿Dónde escondiste mi risa ?
¡Se que la tienes ¡
¡Por eso te amo…!

RECOLECCIÓN


Anómala Recolección

Colecciono Girasoles
Y parecerá extraño
Que un hombre asediado por la mortalidad
Recopile brotes.

Y quizás vaya en contra del colectivo social
Acaso ande en contra de la imagen usual
O posiblemente pasee contra su imaginario personal…

Pero yo, profundamente revolucionario
Me aventuro
Y marcho por campos, calles, ciber espacios,
Montes y planicies
En búsqueda de esa flor rotatoria
Pues en su pesquisa por la irradiación, el calor, la amistad
El amor, la perpetuación de la vida,
Reside nuestro íntimo vínculo febril.

Totalizo Girasoles
Y su áurea beneficencia
Su explaya grafía
Su espigada resolución...

Así repaso mis horas, novísimos momentos
De una existencia saturada de amarillos fatídicos.

BRISA Y ARENA


Brisa y arena..!

Cuerpo candente invita al viento,

posar finamente los granos dorados,

figura rodeada del resplandor soleado,

descansa sobre la suave manta del pecado.

Cuerpo libre de atuendos, al Febo en fuga,

describe en ocre, abiertamente lo notorio,

fundido al ocaso entre líneas y sombra,

desnuda silueta tentando a lo obvio.

Cuerpo sedado al brillo de fugaces perlas,

escurren inquietantes por las albinas arenas,

perlas hermisarias de sutil seducción,

oleadas de mar las depositan entre sus piernas.

Cuerpo latente que suplica en silencio,

negación de un deseo evidente,

que bálsamos calmen su piel carmín,

por yemas clavadas en la arena caliente.

Cuerpo brillante de óleos paganos,

manos prohibidas se deslizan como brisa,

descubren los puntos más profundos,

despiertan su cuerpo con una simple caricia.

Derecho de autor : LEY 11.723 (235).- Propiedad intelectual

domingo, 17 de abril de 2011

EL GENERAL MUILA


El Sobresaltado Amanecer de la Señora Nuila*
Poco a poco despuntaba el día, y pasmosamente todo aparecía transfigurado por la tenue luz del alba. El horizonte comenzaba a alumbrarse, en su lejanía mística e inalcanzable, con tintes de anaranjado añejo; tonos evocadores del fuego en redención. La brisa soplaba tímidamente, sin estorbar, cargada de hálitos agradables y perfumes que encontraban su nacimiento en las entrañas de las húmedas y cercanas cordilleras, en las diáfanas aguas de los ríos cantores, o del más lejano y ansiado mar. Se escuchaban rumores apacibles, bullicios de numerosos insectos que anunciaban el fin de sus himnos farfulladores y la hora póstuma de la noche. Absolutamente todo abrazaba nuevamente la vida que viajaba desde el cosmos oscuro y vacío, hasta el nuevo sol ardiente de aquella mañana profusa.

En la más grande y extensa hacienda del pueblo de San Francisco de Yojoa, nadie despertaba aún. Dentro de las tibias alcobas la claridad se filtraba delicadamente por las cortinas, adulaba tenuemente las sábanas coloridas y calentaba las lozas del piso sesgado, al tiempo que tanteaba atrevidamente las gavetas a medio abrir y atiborradas de atuendos y cachivaches y calentaba los serenos párpados de los que todavía yacían extendidos en inertes y cómodas posiciones de sueño. El General Nuila fue el primero en largar un prolongado bostezo de restitución que amenazó con tragarse el recinto entero con todo y los muebles de maderas importadas. Lo siguió, elegante y elástica en su gesto, la Señora Nuila, envuelta hasta los pies en su túnica de seda oriental, sonriendo perdidamente a un punto incierto del techo.

Ambos se incorporaron sincrónicamente; estiraron primero los brazos, y los flexionaron y los animaron hasta agilizar correctamente la circulación y las junturas atascadas, a la vez que alargaban los cuellos descansados y los hacían balancear cómicamente sobre sus hombros y lisas espaldas; y finalmente, con la más rara especie de placer infinito, sacudieron con una violencia desprovista de peligros sus torsos de límites perfectamente definidos de hombre y mujer afinadamente mundanos.

Cacareaba un gallo muy cerca del gran ventanal de la habitación marital. Su canto era pausado, refinado, esmerado en cada nota para que se le escuchase bien y con atención, ya que ese fanfarrón orgulloso no deseaba ser ignorado por los amos y señores de aquellas heredades al confundir su inusual opereta matutina con los diversos y fallidos intentos histriónicos de otros presumidos imitadores; sus incorregibles camaradas y rivales de corral.

Él era un gallo galante y triunfador, maestro inconfundible de las técnicas de la trova avícola y Don Juan sagaz y sin par. De repente emprendió un afanado aleteo, no con el propósito de alzar un largo vuelo puesto que se sabía incapaz para realizar tal proeza y contradecir así los designios de la naturaleza, sino para atraer altaneramente las hostiles miradas de las gallinas coquetas que jugueteaban por allí cerca. Todas soltaron risitas burlescas, alborotos sarcásticos: se miraban las unas a las otras con una complicidad desconcertante, mientras que cuchicheaban que aquel gallo revoltoso era un presumido de primera, pero con justificación irrevocable.

La Señora Nuila lo escuchó absorta, todavía enroscada en su lecho de dueña de la belleza matinal, profundizando su concentración en cada agudo y bajo de aquella melodía desordenada y entrecortada, e irremediablemente admitió, sin temor a dudas y contradicciones, que aquel matasiete marrón era el preferido en su corral de dos mil aves ruidosas y desprovistas de talento. Llegó al convencimiento -no sin sentirse algo defraudada-, de que aquella ave singular utilizaba virilmente su dote artística para conquistar a sus parejas incautas, a las que convencía a seguirlo por la anchura de los campos adyacentes y lustrosos bajo el sol inclemente de los trópicos dando disimuladamente saltos distraídos, picando el suelo aquí y allá en busca de bichos, granos y solaz, para desaparecer después detrás de los matorrales donde retozaba eróticamente y sin pudor hasta las lánguidas horas del atardecer.

El General Nuila lo percibió entre sus pensamientos trastocados; todavía la pesadez y el sopor del sueño lo mantenían meciéndose en la irrealidad. Siempre sucedía lo mismo. Le era fatigoso abandonar el simulacro de la muerte para incorporarse a la verticalidad de la vida. Sintió ganas de ver a la valiente ave celestial, de acariciarla con su triste y profunda mirada de hombre derrotado por la inminente vejez de sus huesos quebrados y por las innumerables guerras y montoneras en las que había participado; anhelaba reconocerla y registrarla una vez más en su borrosa memoria tempranera.

Superado el desvanecimiento del sueño se dirigió, ya con pasos firmes, hacia la gran ventana asegurada por dentro contra el gélido viento de las noches del campo salvaje y soberano. Apartó bruscamente las cortinas bordadas y el fulgor solar le hirió sorpresivamente la vista. Retrocedió sobresaltado por la natural confusión y masculló un sermón y una injuria mientras abría de par en par los ventanales que lloriquearon de desazón. Adentró su ahora escasa cabellera a la ondulante infinidad verde del ejido esperando ubicar -con el corazón en vilo y los sentidos alterados más allá de todo ensueño-, al pillo estrella de la propiedad.

Y allá lo divisó envuelto en su delicada bruma de ángel recién pulido, en su viso de constelación lejana, en su castaña túnica de santo animal. Perseguía entusiastamente a una pobre gallinita blanca -como casi todas-, vestida de nube agitada y que protegía ansiosa una desbandada de sus polluelos. ¡Pícaro hideputa! -exclamó sonriendo el General-, ¡este gallo no se cansa de tanto perturbar la castidad de las desdichas gallinas!

Al escuchar aquella expresión profana, la Señora Nuila decidió extender su larga melena azabache y fundirla con el viento sobre el follaje del terruño. Sus ojos azorados abarcaron el espectáculo de la molotera y el correteo avícola provocado por el gallo, y ella tampoco pudo contener una risotada cómplice.

Primero fueron leves dejos de humor, respiración pronta y descontrolada por la nariz y la garganta, pero luego, en escala ascendente de ruidos y contorsiones extrañas, las carcajadas atronadoras y espeluznantes que se escapaban sin control desde su pescuezo agitado, manifestando una repentina demencia.

La Señora Nuila jadeaba, se ahogaba en sus propios respiros y líquidos salivares, el aire ya no suplía el arrebato insólito de risa repentina. Sin remedio ni vergüenza, la patrona irrefutable de aquella casona -y defensora de los buenos modales y costumbres de hombres y animales por igual-, finalmente se derrumbó extenuada y sofocada; cayó moribunda dentro del recinto nupcial ahora con expresión espectral y con los ojos volteados como los de una muñeca puesta a reposar. Y dramatizando más aun aquella inusitada escena, su boca adoptó una mueca retorcida y espumosa.

El General, al principio no aparentó verse afectado por el percance; solamente se le tensionaron sus rellenos cachetes exteriorizando un gesto entre la incredulidad y la excitación. Levantó entre sus brazos, como a un objeto adorado y lánguido a la Señora Nuila, y la depositó cuidadosamente sobre la cama que todavía guardaba el ardor que su cuerpo había irradiado, lenta y sensualmente, la pasada madrugada.

Y así la contempló en toda su belleza crepuscular; el General contrariado y angustiado, arrimado y exaltado a su lado, acariciándola y colocando en su lugar celosamente cada uno de sus cabellos alborotados por el arrebato del momento de enajenación súbita de su mujer hasta dejar toda su cabellera explayada sobre la almohada mullida. Le palpó la cara, delimitó con la yema de sus dedos cada ángulo y perfil, siguió su recorrido hasta llegar al cuello donde tentó -con una temible incertidumbre y titubeando de deseo-, sus venas y arterias vagamente pulsantes. Vacilante de esperanza, de miedo y estupor, prolongó su mano hasta encerrar en un éxtasis paradisíaco un seno firme y provocador que muchas veces antes había amado. La felicidad desbordó su espíritu y se sintió levitar de nuevo sobre antiguos momentos de pasión.

Pero imprevistamente surgió la aprensión, lo zarandeo un temblor que ascendió desde los más arcanos abismos de la tierra para desembocar con redobles de tambor en sus sienes. El corazón de su amada no saltaba, ya no se abatía entre sus abundantes pechos, entre esos cerros de amor aun erectos y llenos de vigor y de miel; ya no percibía en su carnal avidez convulsión alguna.

¡Se murió mi mujer! –fue la primera resolución de su mente-. ¡Se escapó su esencia hacia otros campos de topacio! –reforzó su convicción-, y todavía acariciando el rígido busto y ya desprovisto de malicia sensual, y al borde del desmayo, con la vista nublada y la acidez de su abultado estomago regurgitando en su boca; cuando ya estaba por desplomarse dentro del cataclismo de la inesperada muerte por hilaridad de su gran amor, la Señora Nuila compuso la mirada desorbitada, emitió un rugido de resurrección mayor y demandó pronta información a su marido aturdido; datos sobre su ubicación y rango sobre aquella cama casi mortuoria. Felizmente el General comprendió que su pollita había regresado de su fugaz visita al más allá desconocido y que los estertores que había experimentado no habían sido mas que una leve manifestación de una demencia latente y poco previsible a aquellas alturas de la existencia en su amable mujer.

La Señora Nuila retomó la compostura acomodándose el ajuar noctívago abierto y la boca contorsionada y se disculpó solemnemente con su esposo por haberlo asustado tanto, y le juró además, haciendo la señal de la cruz -trenzando sus dedos de porcelana-, que nunca volvería a carcajearse recién amanecida. Ahora lo comprendía; le hacia daño al mecanismo de su cuerpo y mente, y le provocaba un vertiginoso cambio de carácter que daba como resultado el irremediable desvanecimiento de sus finos sentidos.

El General Nuila la envolvió en sus brazos y le susurró palabras de amor incondicional y eterna devoción, y finalmente la guió de nuevo hacia el mirador; le preparó el camino con sus propios pasos, como abriéndole la vía de una nueva y renovada existencia. Le besó tiernamente la mejilla derecha, y entonces cayó vencido dentro de la certidumbre de que nunca seria alguien sin ella; su vida sin la compañía de aquella mujer de milagro perdería el sentido y los ejes de la motivación.

Divisaron desde la ventana -ya más tranquilos y animados-, al Gallo Tenor encargado de raspar la tierra mojada en busca de bichos y herbajes. Entonces, con absoluta resolución de soldado en tiempos de guerra o revolución guerrillera, el ilustre General Nuila, con el aplomo de antiguas aventuras sediciosas dictó una irrevocable sentencia: ¡hoy mismo te degüello, gallo jodido!


Desde aquel fatídico día de delirio, en aquel pueblo olvidado por el tiempo entre las montañas nubladas de Yojoa y a las inmediaciones del único lago navegable del país, se decapitaron sin piedad todos los gallos que por bendición de los dioses y la naturaleza fueran capaces de entonar los inequívocos cánticos del amor.
(c) Rafael Ángel Valladares Ríos