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lunes, 20 de mayo de 2013

LA ISLA ENCANTADA


LA ISLA ENCANTADA © Derechos Reservados del texto Archivo:10/2012
Autor: Miguel F. Romero 17/05/2013 Argentina

Isla de Lampedusa, costa de Sicilia, Italia, junio de 1879.
El sendero de grava de colores zigzagueaba entre las piedras grandes en dirección a los olivares milenarios. El terreno, agreste, prácticamente carecía de árboles grandes, con su bendita sombra. Todos eran pastizales bajos, castigados por los vientos y la sequia.
El sendero, trabajosamente abierto por las manos del matrimonio, nacía en la modesta pero segura casa de piedra de techo de troncos cubiertos de barro y paja construida por sus propias manos por Mauricio, hombre trabajador, honesto y voluntarioso, con la ayuda de su esposa, de un solo paño inclinado hacia el norte.
En la isla no había agua. Sólo la de la lluvia y lo que el techo recolectaba. Era imprescindible que fuera de esa forma, lo que hacía posible la vida en ese suelo bravío y seco. Además, llovía en forma irregular. Y siempre tormentas y viento.
En un enorme pozo cavado y revestido en piedra, al costado de la casa, de una canaleta que partía del fuerte techo, se depositaba y se conservaba el vital elemento Detrás de la casa, un corral también de piedra, contenía una buena cantidad de ovejas y bajo una precaria techumbre, dos caballos bien alimentados.
Era temprano, pero negros nubarrones fantasmales y deformes sacudidos por el viento y el fuego del cielo, que oscurecieron el día, se abatían sobre la pequeña y casi solitaria isla, bautizada por las azules aguas del mar Mediterráneo
Bernarda Luisa Lautari, la habitante de la modesta pero segura y limpia casa, había logrado, después de ingentes esfuerzos, construir una pequeña huerta con algunas hortalizas y frutos, que cuidaba con sus manos de ángel, regándolas todos los días con pequeñas porciones de agua.
Lastimándose las manos con las crueles espinas construyó una empalizada de madera y plantas espinudas para protegerlos de los vientos. Bernarda, llevando a cuestas una nueva vida de casi nueve meses a punto de abrir sus ojos a Dios, se ajustó su pañuelo inmaculadamente blanco que sostenía su bello y largo cabello color trigo, casi rubio, sostuvo su voluminoso vientre con las dos manos, y salió de la casa.
El fuerte viento la hizo trastabillar, cruzó sobre sus hombros la fuerte rama de olivo con los dos canastos y se dirigió a los olivares milenarios, que serpenteaban el terreno hasta la cumbre del profundo barranco.
Necesitaba recolectar todo lo que pudiera de sus frutas antes que el fuerte viento las arrancara de las plantas El año había sido bueno, casi toda la abundante cosecha de hermosas frutas su esposo la había vendido en Sicilia
El esfuerzo que hacía era demasiado para su estado de ingravidez, y si la veía su esposo, seguramente se enojaría. Caminaba sin apresurarse, sabía que una caída en medio del escarpado sendero podría acarrearle un daño a su primogénito, a punto de nacer. Con gran esfuerzo llegó a la cresta de la pequeña loma y la vista de la cristalina esmeralda aguamarina del mar Mediterráneo le llenó sus ojos ultramarinos, tan azules, que competían, con su belleza, con el propio mar.
Desde la altura del enorme peñasco, sonrió al divisar el bote de su esposo, el que estaba asegurando del oleaje y la tormenta, al resguardo de una pequeña ensenada.
De pronto, percibió un líquido caliente sanguinolento que se deslizaba entre sus piernas, se asustó y se sintió desfallecer. Se acercó a la orilla del peñasco, sacó su pañuelo que le cubría la cabeza y empezó a hacerle señas desesperadas a su esposo.
Estaba muy asustada.
Por algún extraño presentimiento, Maurizio miró hacia el peñasco y la vio. Sacudía su pañuelo blanco desesperada. Agitó sus brazos para indicarle que la vio y salió corriendo por el sendero de la playa hacia la casa.
Bernarda sintió un dolor punzante en su vientre y se angustió, estaba sola, en la parte más alta de la loma, y sin ayuda posible.
Para darse ánimos, pensó en la vida que llevaba en su vientre, en la hermosa mantilla que había terminado esa mañana, con la lana de sus ovejas que ella misma ovilló. Inmediatamente comenzó a descender hacia la casa con gran esfuerzo, pero el dolor era tan intenso que perdió el conocimiento antes de llegar.
El instinto de madre, aunque primeriza, con un último suspiro, escondió su vientre detrás de un peñasco a salvo del viento fuerte y frio. Solo su larga y rubia cabellera aleteaba como una paloma herida sobre el sendero de grava.
Maurizio estaba seguro que algo malo pasaba, Bernarda nunca se sacaba su pañuelo blanco. Corría con desesperación, mientras las primeras gotas de lluvia golpeaban con fuerza su cara. Llegó a la casa de sus vecinos más próximos, sus amigos pescadores, entró como una tromba, les dio la noticia, muy preocupado, y salieron los tres corriendo en busca de Bernarda
Cuando llegaron, ya llovía profusamente, pero Bernarda no estaba en la casa. Inmediatamente comenzaron a recorrer el sendero, que se había convertido en un torrente de barro y agua.
Encontraron a Bernarda, protegiendo su vientre con sus brazos, aterida de frio y balbuceando el nombre de su esposo. Los dos hombres, con el mayor cuidado posible, trasladaron a la mujer hasta la casa.
Isabela, la esposa de Franco, el pescador, atendía lo mejor que podía a Bernarda, pero era poco lo que podía hacer. Tenía sólo la experiencia natural en estas situaciones. Era una mujer alta delgada y fuerte, con cinco hijos, y a los últimos cuatro los había parido sola.
La tormenta unía mar y cielo, en medio de las nubes y la borrasca, y los rayos, que iluminaban los fuegos del cielo.
El viento había amainado su fuerza, pero la lluvia era torrencial.
Desde la tarde fueron llegando los amigos y durante toda la noche, enterados por los dos hijos mayores de Franco, el pescador, que a caballo recorrían el pequeño territorio buscando ayuda.
Casi a la madrugada llegó el hijo mayor, trayendo en la grupa de su caballo a la única enfermera de la isla, sobreviviente de la guerra con Francia que se refugió en la isla para salvar su vida.
Llegaron en medio de la lluvia, que se había transformado en una tenue llovizna, que parecía el premonitorio llanto de las vírgenes madres, en la muerte de un ángel.
Totalmente agotados, ateridos de frío, caballo y jinete despedían vapor por sus cuerpos y narices, tras el titánico esfuerzo de recorrer el escarpado y agreste territorio.
A la luz de dos faroles y ayudada por Isabela, la enfermera inició el trabajo de parto Pero, ya era demasiado tarde Bajo la mortecina luz que se filtraba por la puerta del cuarto, todas las mujeres presentes, reunidas en la cocina de la casa, con la cabeza cubierta con sus pañuelos negros y juntando sus manos en señal de sumisión al Todopoderoso, oraban de rodillas en un murmullo apenas audible. Mientras los hombres soportando el viento y el frio, apenas protegidos por una pequeña galería, se mantenían incólumes, como estatuas de piedra, fuera de la casa, y algunas lágrimas se detenían en las arrugas pétreas de sus caras.
Todos rogaban a su manera con el alma y el corazón por esos seres que apenas latían, intentando lo imposible, engañar a la “dama de negro”.
La enfermera llamó aparte a Maurizio y le explicó con claridad la situación, y concluyó, “Tú eliges por uno de los dos, la criatura o ella, y hazlo rápido, te lo suplico”.
Maurizio con su rostro envuelto en lágrimas, con la humildad y sinceridad del modesto campesino, se acercó a Bernarda y tomó sus manos entre las suyas con los ojos enrojecidos por el llanto y el espanto. Bernarda lo miró y le sonrió dulcemente, “te amo Maurizio me has hecho muy feliz y me diste lo que más quería en la vida, tener un hijo, sólo yo soy la culpable de lo que me pasa”. Y prosiguió” quiero dejarte lo mejor de mí, lo que tú y yo hicimos con todo el amor del mundo. Por favor te lo pido, no te culpes y no dudes, si tienes que decidir, elige a nuestro hijo “lo miró con sus profundos ojos azules y le acarició el rostro, transfigurado por el padecimiento y bañado en lagrimas, que se detenían en los pliegues de su dolor.
Maurizio, sumido en una profunda angustia que deformaba su rostro, la abrazó repitiéndole “Te amo amor, te amo, te amo……”
La enfermera, al pie de la cama, lo miraba con el horror y el dolor reflejado en su cara, buscando una respuesta, a semejante cuadro de consternación y sufrimiento.
Bernarda se durmió en una paz sobrenatural, su bonito rostro irradiaba una tenue luz, como si un ángel acompañara su sueño, del que nunca despertó. Minutos después, el llanto de un niño llenaba con sus sonidos angelicales los silencios del dolor y la muerte.
Bernarda fue sepultada esa tarde, en la parte más alta de la loma de los olivos, mirando al mar, en el lugar que a ella gustaba sentarse a tejer su mantilla.
Al final de la tarde ya no llovía.
La acongojada columna de almas dolientes, mojadas de tibias lágrimas, descendía hacia la casa, después de rezar por la madre del niño. Mientras marchaban, se despedían de Maurizio, esos hombres y mujeres fuertes y solidarias, acostumbras a la dura soledad de la isla, en el tiempo de la vida y de la muerte.
Isabela se acercó a Maurizio y le entregó a su hijo envuelto en la mantilla que tejió su madre. Blanca, inmaculada, solo se destacaba en el centro una planta de olivo milenario, con sus frutas, tejido en los mismos colores naturales.
Abrazó a su amiga, tratando de expresarle su profundo agradecimiento y cobijó al pequeño en sus fuertes brazos El niño abrió sus ojos color mar y miró a su padre. Eran iguales a los de su madre, parecía como si su amada Bernarda lo estuviera mirando. El hombre sonrió entre sus lágrimas y decidió. ”Te llamarás Bernardo”.
Años después, contaban los pescadores y campesinos de la pequeña Isla, que en el lugar de la tumba de Bernarda, crecieron unos hermosos olivos, que en el mes de junio se colmaban con unas coronas de frutos rojos y blancos.
Maurizio vendió el resto de su cosecha, les dejó su casa y sus tierras a los hijos de Franco e Isabela y se fue a Sicilia a la región de los Abruzzios, donde tenía unos buenos amigos que le compraban sus cosechas y le dieron un buen trabajo en sus campos.
Todos los años de su vida, en el mes de junio, visitó la tumba de su amada en la loma de los olivos.
Años después, contrajo una cruel enfermedad y sintiéndose morir, le pidió a su hijo Bernardo que lo enterrara junto a su madre, deseo que éste cumplió con la ayuda de sus buenos amigos, los hijos de Marcos e Isabela.
Desde ese día, los pescadores que regresaban tarde del mar, evitaban los peligrosos riscos de la costa, guiándose por una extraña y cálida luminosidad que se elevaba, buscando el cielo, desde el barranco de los olivos milenarios.
Y así fue.
 

miércoles, 21 de marzo de 2012

LA NIÑA QUE BRILLABA


Zulay Marlenne Moscosso Monroy
LA NIÑA QUE BRILLABA !!!!!!!!!!!! COMO EL SOL


de Zulay Marlenne Moscosso Monroy, el jueves, 15 de marzo de 2012 a la(s) 4:22 ·

Erase una niña de ojos claros y cabellos que
brillaba como el Sol

*Erase tan hermosa que hasta el mismo sol
sonreìa cada vez que la veìa.

Esta niña tenìa todo lo que podìa anhelar.

Sòlo le faltaba una cosa que le hacìa
ponerse muy triste, la niña no podìa hacer nada-

Asì como se lee, pensaba que no servìa
para nada, que no sabìa hacer nada.

La niña vivìa hacia adentro y los demàs
sencillamente la ignoraban, era como invisible
a sus ojos.

Cuando querìa decir algo, se le ponìa
como un gran nudo en la garganta y la voz no le
salìa por màs que ella lo intentara.

Hasta se ponìa roja del esfuerzo, y como
finalmente no podìa, una rabia cada vez mayor
se iba apoderando de ella.

Hasta su madre, no se daba cuenta de
nada y sòlo pensaban, esta niña es muy calladita.

Y no digamos ya cantar, eso era imposible,
inimaginable, pero como le encantaba la mùica y
ya como se dijo antes que la niña vivìa desde
adentro y para adentro se pasaba el dìa imaginando
y cantando para sì misma canciones.

No pintaba, ni escribìa, ni jugaba con otros
niños, no podìa hacerlo, porque habìa una voz en su
cabecita que le decìa; !!! todo me sale mal !!!!.

Asì iban pasando los dìas, uno tras otro,
sobreviviendo a tracès de su imaginaciòn, no era
extraño verla hablar sola o a sus muñecas, y
cantarles cuando nadie la escuchaba, todas las
canciones que se habìa inventado.

Cuàndo la niña, que ni nombre tenìa, no
podía, ni sabìa expresar hacia afuera, aprendiò a
ser sabia, a conocerse a sì misma y a conocer a
los demàs, y cuando por fìn, un hada buena y
generosa, le concediò un deseo de poder hablar,
cantar y expresarse, ayudò a conocerse a sì misma
a todas las personas que con su ignorancia, no
siquiera sabìan que esta niña existìa y que su
existencia, ya desde muy jòven brilaba como el
Sol.

Moraleja: Las personas a quienes ignoramos o pasan desapercibidas
e indiferentes para nosotros, pueden ser maestras algùn
dìa, no debemos juzgar a nadie por las apariencias.



Copyright © 2012 Santo Domingo - Repùblica Dominicana
ZMM (r) Zulay Marlenne Zulay Marlenne Moscosso Monroy


tengamos muy en cuenta nuestro comportamiento

martes, 22 de noviembre de 2011

SENTIMIENTO



Esta es una historia que me gusto mucho y la quise subir a mi blog. Trata de la importancia de ser agradecidos con los demás.

"El hombre que estaba tras el mostrador, miraba la calle distraidamente. Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto.

Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul.

- "Es para mi hermana. ¿Puede hacer un paquete bien bonito?".- dice ella.

El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó: ¿Cuánto dinero tienes? Sin dudar, ella sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz: - "¿Eso da?".

Eran apenas algunas monedas que ella exhibía orgullosa. - "Sabe, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella. Es el cumpleaños de ella y tengo el convencimiento que quedará feliz con el collar que es del color de sus ojos".

El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde. - "Tome, dijo a la niña. Lleve con cuidado".

Ella salió feliz corriendo y saltando calle abajo. Aún no acababa el día, cuando una linda joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó: - "¿Este collar fue comprado aquí?

- "Si señora". - "¿Y cuánto costó?

- "Ah!", - habló el dueño del negocio. - "El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente".

La joven continuó: - "Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. El collar es verdadero, ¿no? Ella no tendría dinero para pagarlo".

El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven. - "Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar. "Ella dio todo lo que tenia"

El silencio llenó la pequeña tienda y dos lágrimas rodaron por la faz emocionada de la joven en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio. La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones. La gratitud de quien ama no coloca límites para los gestos de ternura.

Sé siempre agradecido pero no esperes el reconocimiento de nadie. Gratitud con amor no sólo reanima a quien recibe, como reconforta a quien ofrece. "Piensa en eso". "La vida mejora con cada día que pasa siempre y cuando demuestres una actitud positiva".

Autor: Desconocido

lunes, 14 de noviembre de 2011

ABUELA GRILLO

http://vimeo.com/11429985

ABUELA GRILLO
Publicado por Carina el octubre 27, 2011 a las 11:47pm

Recordaba un lindo video que me enviaron el año pasado, y que seguramente muchos de ustedes han visto ya...



Pero el corazón así es... de pronto recuerda algo bello y desea compartirlo a los demás...



Es una historia linda, linda, con un mensaje que llega al corazón.

Pero además es la ternura, y una voz maravillosa de la abuela grillo...



El video es el resultado de la cooperación entre la Embajada de Dinamarca en Bolivia, The animation Workshop, la Fundación Solón Romero y la Comunidad de Animadores Bolivianos.


“La Abuela Grillo” es la adaptación de un mito del pueblo ayoreo sobre la problemática del agua. Para su desarrollo, ocho artistas Bolivianos fueron becados durante cinco meses en Dinamarca bajo la dirección del animador francés Denis Chapon.

Con música de Luzmila Carpio, destacadísima artista Boliviana y actual embajadora de su país en Francia, esta maravillosa y cantora abuela nos transporta al mágico bullicio de las calles Paceñas, los valles y los paisajes andinos de Bolivia, que bien pueden ser los de cualquier pueblo de nuestros países amenazado por el cambio climático y la avaricia humana. Un bello y conmovedor trabajo que vale la pena ayudar a difundir.



"El agua es un derecho humano, no una mercancía” tituló el Diario Cambio de Bolivia, en su edición del 9 de Mayo del año pasado, anunciando el estreno del “Canto a la vida” de La Abuela Grillo.



Y por si no fuese suficiente, la abuela grillo, nos deja otra lección.

No guardar memoria de los agravios... Ser. Sólo ser. Desde nuestra condición particular, desde nuestra esencia, sin perderla jamás.



Además, en sí, el video es una obra de arte... Recrea los paisajes bolivianos con maestría... Nos recuerda la Carretera entre La Paz y la región de los Yungas, a la que han bautizado como Carretera de la Muerte, y que es de una belleza increíble... Y nos habla de más mitos e historias del hermano pueblo de Bolivia...



Porque dicen algunos de los lugareños que la carretera está poblada de espíritus que tratan de distraer al conductor y hacerlo caer por el impresionante desnivel, (unos 3000 metros de diferencia en el recorrido de unas dos horas). En todo caso los espíritus son lo de menos teniendo en cuenta que es de doble sentido y por ella transitan abarrotados autobuses y camiones, pero no por eso deja de impresionarnos su belleza.

Igualmente, nos hace recordar el Valle de la Luna y el Valle de las Ánimas, de impresionante belleza los dos, y la ciudad

de la Paz, por supuesto, con su ciudad alta y el centro de la ciudad.



Bolivia, uno de los pueblos latinos de arraigada tradición con manifestaciones del folclor popular muy llamativas, como la festividad de San Roque, en la que adornan las patas y las cabezas de los perritos con cintas de colores, en honor

ABUELA GRILLO


http://vimeo.com/11429985

domingo, 17 de abril de 2011

EL GENERAL MUILA


El Sobresaltado Amanecer de la Señora Nuila*
Poco a poco despuntaba el día, y pasmosamente todo aparecía transfigurado por la tenue luz del alba. El horizonte comenzaba a alumbrarse, en su lejanía mística e inalcanzable, con tintes de anaranjado añejo; tonos evocadores del fuego en redención. La brisa soplaba tímidamente, sin estorbar, cargada de hálitos agradables y perfumes que encontraban su nacimiento en las entrañas de las húmedas y cercanas cordilleras, en las diáfanas aguas de los ríos cantores, o del más lejano y ansiado mar. Se escuchaban rumores apacibles, bullicios de numerosos insectos que anunciaban el fin de sus himnos farfulladores y la hora póstuma de la noche. Absolutamente todo abrazaba nuevamente la vida que viajaba desde el cosmos oscuro y vacío, hasta el nuevo sol ardiente de aquella mañana profusa.

En la más grande y extensa hacienda del pueblo de San Francisco de Yojoa, nadie despertaba aún. Dentro de las tibias alcobas la claridad se filtraba delicadamente por las cortinas, adulaba tenuemente las sábanas coloridas y calentaba las lozas del piso sesgado, al tiempo que tanteaba atrevidamente las gavetas a medio abrir y atiborradas de atuendos y cachivaches y calentaba los serenos párpados de los que todavía yacían extendidos en inertes y cómodas posiciones de sueño. El General Nuila fue el primero en largar un prolongado bostezo de restitución que amenazó con tragarse el recinto entero con todo y los muebles de maderas importadas. Lo siguió, elegante y elástica en su gesto, la Señora Nuila, envuelta hasta los pies en su túnica de seda oriental, sonriendo perdidamente a un punto incierto del techo.

Ambos se incorporaron sincrónicamente; estiraron primero los brazos, y los flexionaron y los animaron hasta agilizar correctamente la circulación y las junturas atascadas, a la vez que alargaban los cuellos descansados y los hacían balancear cómicamente sobre sus hombros y lisas espaldas; y finalmente, con la más rara especie de placer infinito, sacudieron con una violencia desprovista de peligros sus torsos de límites perfectamente definidos de hombre y mujer afinadamente mundanos.

Cacareaba un gallo muy cerca del gran ventanal de la habitación marital. Su canto era pausado, refinado, esmerado en cada nota para que se le escuchase bien y con atención, ya que ese fanfarrón orgulloso no deseaba ser ignorado por los amos y señores de aquellas heredades al confundir su inusual opereta matutina con los diversos y fallidos intentos histriónicos de otros presumidos imitadores; sus incorregibles camaradas y rivales de corral.

Él era un gallo galante y triunfador, maestro inconfundible de las técnicas de la trova avícola y Don Juan sagaz y sin par. De repente emprendió un afanado aleteo, no con el propósito de alzar un largo vuelo puesto que se sabía incapaz para realizar tal proeza y contradecir así los designios de la naturaleza, sino para atraer altaneramente las hostiles miradas de las gallinas coquetas que jugueteaban por allí cerca. Todas soltaron risitas burlescas, alborotos sarcásticos: se miraban las unas a las otras con una complicidad desconcertante, mientras que cuchicheaban que aquel gallo revoltoso era un presumido de primera, pero con justificación irrevocable.

La Señora Nuila lo escuchó absorta, todavía enroscada en su lecho de dueña de la belleza matinal, profundizando su concentración en cada agudo y bajo de aquella melodía desordenada y entrecortada, e irremediablemente admitió, sin temor a dudas y contradicciones, que aquel matasiete marrón era el preferido en su corral de dos mil aves ruidosas y desprovistas de talento. Llegó al convencimiento -no sin sentirse algo defraudada-, de que aquella ave singular utilizaba virilmente su dote artística para conquistar a sus parejas incautas, a las que convencía a seguirlo por la anchura de los campos adyacentes y lustrosos bajo el sol inclemente de los trópicos dando disimuladamente saltos distraídos, picando el suelo aquí y allá en busca de bichos, granos y solaz, para desaparecer después detrás de los matorrales donde retozaba eróticamente y sin pudor hasta las lánguidas horas del atardecer.

El General Nuila lo percibió entre sus pensamientos trastocados; todavía la pesadez y el sopor del sueño lo mantenían meciéndose en la irrealidad. Siempre sucedía lo mismo. Le era fatigoso abandonar el simulacro de la muerte para incorporarse a la verticalidad de la vida. Sintió ganas de ver a la valiente ave celestial, de acariciarla con su triste y profunda mirada de hombre derrotado por la inminente vejez de sus huesos quebrados y por las innumerables guerras y montoneras en las que había participado; anhelaba reconocerla y registrarla una vez más en su borrosa memoria tempranera.

Superado el desvanecimiento del sueño se dirigió, ya con pasos firmes, hacia la gran ventana asegurada por dentro contra el gélido viento de las noches del campo salvaje y soberano. Apartó bruscamente las cortinas bordadas y el fulgor solar le hirió sorpresivamente la vista. Retrocedió sobresaltado por la natural confusión y masculló un sermón y una injuria mientras abría de par en par los ventanales que lloriquearon de desazón. Adentró su ahora escasa cabellera a la ondulante infinidad verde del ejido esperando ubicar -con el corazón en vilo y los sentidos alterados más allá de todo ensueño-, al pillo estrella de la propiedad.

Y allá lo divisó envuelto en su delicada bruma de ángel recién pulido, en su viso de constelación lejana, en su castaña túnica de santo animal. Perseguía entusiastamente a una pobre gallinita blanca -como casi todas-, vestida de nube agitada y que protegía ansiosa una desbandada de sus polluelos. ¡Pícaro hideputa! -exclamó sonriendo el General-, ¡este gallo no se cansa de tanto perturbar la castidad de las desdichas gallinas!

Al escuchar aquella expresión profana, la Señora Nuila decidió extender su larga melena azabache y fundirla con el viento sobre el follaje del terruño. Sus ojos azorados abarcaron el espectáculo de la molotera y el correteo avícola provocado por el gallo, y ella tampoco pudo contener una risotada cómplice.

Primero fueron leves dejos de humor, respiración pronta y descontrolada por la nariz y la garganta, pero luego, en escala ascendente de ruidos y contorsiones extrañas, las carcajadas atronadoras y espeluznantes que se escapaban sin control desde su pescuezo agitado, manifestando una repentina demencia.

La Señora Nuila jadeaba, se ahogaba en sus propios respiros y líquidos salivares, el aire ya no suplía el arrebato insólito de risa repentina. Sin remedio ni vergüenza, la patrona irrefutable de aquella casona -y defensora de los buenos modales y costumbres de hombres y animales por igual-, finalmente se derrumbó extenuada y sofocada; cayó moribunda dentro del recinto nupcial ahora con expresión espectral y con los ojos volteados como los de una muñeca puesta a reposar. Y dramatizando más aun aquella inusitada escena, su boca adoptó una mueca retorcida y espumosa.

El General, al principio no aparentó verse afectado por el percance; solamente se le tensionaron sus rellenos cachetes exteriorizando un gesto entre la incredulidad y la excitación. Levantó entre sus brazos, como a un objeto adorado y lánguido a la Señora Nuila, y la depositó cuidadosamente sobre la cama que todavía guardaba el ardor que su cuerpo había irradiado, lenta y sensualmente, la pasada madrugada.

Y así la contempló en toda su belleza crepuscular; el General contrariado y angustiado, arrimado y exaltado a su lado, acariciándola y colocando en su lugar celosamente cada uno de sus cabellos alborotados por el arrebato del momento de enajenación súbita de su mujer hasta dejar toda su cabellera explayada sobre la almohada mullida. Le palpó la cara, delimitó con la yema de sus dedos cada ángulo y perfil, siguió su recorrido hasta llegar al cuello donde tentó -con una temible incertidumbre y titubeando de deseo-, sus venas y arterias vagamente pulsantes. Vacilante de esperanza, de miedo y estupor, prolongó su mano hasta encerrar en un éxtasis paradisíaco un seno firme y provocador que muchas veces antes había amado. La felicidad desbordó su espíritu y se sintió levitar de nuevo sobre antiguos momentos de pasión.

Pero imprevistamente surgió la aprensión, lo zarandeo un temblor que ascendió desde los más arcanos abismos de la tierra para desembocar con redobles de tambor en sus sienes. El corazón de su amada no saltaba, ya no se abatía entre sus abundantes pechos, entre esos cerros de amor aun erectos y llenos de vigor y de miel; ya no percibía en su carnal avidez convulsión alguna.

¡Se murió mi mujer! –fue la primera resolución de su mente-. ¡Se escapó su esencia hacia otros campos de topacio! –reforzó su convicción-, y todavía acariciando el rígido busto y ya desprovisto de malicia sensual, y al borde del desmayo, con la vista nublada y la acidez de su abultado estomago regurgitando en su boca; cuando ya estaba por desplomarse dentro del cataclismo de la inesperada muerte por hilaridad de su gran amor, la Señora Nuila compuso la mirada desorbitada, emitió un rugido de resurrección mayor y demandó pronta información a su marido aturdido; datos sobre su ubicación y rango sobre aquella cama casi mortuoria. Felizmente el General comprendió que su pollita había regresado de su fugaz visita al más allá desconocido y que los estertores que había experimentado no habían sido mas que una leve manifestación de una demencia latente y poco previsible a aquellas alturas de la existencia en su amable mujer.

La Señora Nuila retomó la compostura acomodándose el ajuar noctívago abierto y la boca contorsionada y se disculpó solemnemente con su esposo por haberlo asustado tanto, y le juró además, haciendo la señal de la cruz -trenzando sus dedos de porcelana-, que nunca volvería a carcajearse recién amanecida. Ahora lo comprendía; le hacia daño al mecanismo de su cuerpo y mente, y le provocaba un vertiginoso cambio de carácter que daba como resultado el irremediable desvanecimiento de sus finos sentidos.

El General Nuila la envolvió en sus brazos y le susurró palabras de amor incondicional y eterna devoción, y finalmente la guió de nuevo hacia el mirador; le preparó el camino con sus propios pasos, como abriéndole la vía de una nueva y renovada existencia. Le besó tiernamente la mejilla derecha, y entonces cayó vencido dentro de la certidumbre de que nunca seria alguien sin ella; su vida sin la compañía de aquella mujer de milagro perdería el sentido y los ejes de la motivación.

Divisaron desde la ventana -ya más tranquilos y animados-, al Gallo Tenor encargado de raspar la tierra mojada en busca de bichos y herbajes. Entonces, con absoluta resolución de soldado en tiempos de guerra o revolución guerrillera, el ilustre General Nuila, con el aplomo de antiguas aventuras sediciosas dictó una irrevocable sentencia: ¡hoy mismo te degüello, gallo jodido!


Desde aquel fatídico día de delirio, en aquel pueblo olvidado por el tiempo entre las montañas nubladas de Yojoa y a las inmediaciones del único lago navegable del país, se decapitaron sin piedad todos los gallos que por bendición de los dioses y la naturaleza fueran capaces de entonar los inequívocos cánticos del amor.
(c) Rafael Ángel Valladares Ríos

domingo, 1 de agosto de 2010

EL CÍRCULO DEL 99 ........

Patri Aranibar
El circulo del 99.........
Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz.
Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones ... de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

Un día el rey lo mandó llamar.

- Paje, le dijo, ¿Cuál es el secreto?

- ¿Qué secreto, Majestad?

- ¿Cuál es el secreto de tu alegría?

- No hay ningún secreto, Alteza.

- No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.

- No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.

- ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿Por qué?

- Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos. ¿Cómo no estar feliz?

- Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar - dijo el rey.

Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.

- Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando.

- ¡Vete, vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.

- ¿Por qué el es feliz?

- Ah, Majestad, lo que sucede es que el esta fuera del círculo.

- ¿Fuera del círculo?

- Así es.

- ¿Y eso es lo que lo hace feliz?

- No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

- A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.

- Así es.

- ¿Y cómo se salió?

- ¡Nunca entró!

- ¿Qué círculo es ese?

- El círculo del 99.

- Verdaderamente, no te entiendo nada.

- La única manera para que entendieras, seria mostrártelo en los hechos.

- ¿Cómo?

- Haciendo entrar a tu paje en el círculo.

- Eso es, obliguémoslo a entrar.

- No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.

- Entonces habrá que engañarlo.

- No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solo.

- ¿Pero el no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?

- Si se dará cuenta.

- Entonces no entrará.

- No lo podrá evitar.

- ¿Dices que el se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en el y no podrá salir?

- Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?.

- Si.

- Bien, esta noche pasaré a buscarte. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. 99!-

- ¿Que más? ¿Llevo los guardias por si acaso?

- Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.

- Hasta la noche.

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje.

Ahí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarro la bolsa y le pincho un papel que decía:

"Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste".

Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, la apretó contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta, y se volvió a meter a la casa, el rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena.

El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la vela. Se sentó y vació el contenido sobre la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro!. El que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas solo para él.

El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacia pilas de monedas.

Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60 ... hasta que formó la última pila: 9

monedas!!

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más, luego el piso y finalmente la bolsa. "No puede ser", pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

-¡Me robaron! -gritó. -¡Me robaron, malditos!. Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba.

-¡Solo 99! No puede ser, me falta una moneda.

-¡A nadie se le ocurriría dar solamente noventa y nueve monedas como recompensa!

Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro ¡Solo 99!. Noventa y nueve monedas de oro es mucho dinero, pensó. Pero me falta una moneda.

Noventa y nueve no es un numero completo - pensaba. -Cien es un número completo, pero noventa y nueve, no. ¡Necesito la otra moneda!

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se le habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña.

Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien?

Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el calculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.

-¡Doce años es mucho tiempo!, pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y el mismo, después de todo, el terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello.

Saco las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. -¡Era demasiado tiempo!. Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender. Vender... Vender.

Estaba haciendo calor. ¿Para que tanta ropa de invierno? ?Para que más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

El rey y el sabio, volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99.

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando con pocas pulgas.

- ¿Qué te pasa?- pregunto el rey de buen modo.

- Nada me pasa, nada me pasa.

- Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

- Hago mi trabajo. ¿No? ¿Qué quería su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humo

sábado, 31 de julio de 2010

cuento para adultos


CUENTO PARA ADULTOS QUE PIENSAN
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El jueves a las 0:24
CUENTO PARA ADULTOS QUE SABEN REFLEXIONAR

Erase una vez un pueblo muy, muy lejano, en el que vivía un carpintero muy especial:

Jonás era el carpintero del barrio y aunque tenía su pequeño taller varias calles más abajo, todo el vecindario sabía que podía acudir a él, ya que tenía un corazón de oro y ayudaba a la gente sin pedir nada a cambio, salvo una sonrisa de agradecimiento.

-La puerta ha quedado perfecta-, indicó Jonás mientras comprobaba las bisagras por última vez. A continuación recogió su caja de herramientas y se despidió de sus vecinos sin querer cobrarles nada por el trabajo, ya que sabía que aquella gente era muy pobre y no tenían apenas dinero.

Ya en la calle se encontró con Alonso, su buen amigo el zapatero, con el que se detuvo a charlar animadamente hasta que el reloj de la torre de la iglesia le indicó que era hora de volver a casa. A su regreso a la carpintería Jonás dejó la caja de herramientas encima de la mesa y se quitó el mandil para dejarlo colgado de una percha de la pared, pero en ese momento algo llamó poderosamente su atención: allí, encima de la mesa, justo al lado de la caja de herramientas, había una bonita y reluciente moneda de oro.

-¿Quién habrá olvidado aquí esta moneda?-, pensó mientras se rascaba la cabeza con la mano derecha. -Seguramente se la habrá dejado olvidada alguno de mis clientes- concluyó mientras cerraba la puerta del taller para dirigirse a casa. Jonás pasó toda la noche pensando quién podría ser el dueño de aquella moneda y solo se le ocurrió que ya que no podía saber a quién pertenecía, lo mejor sería entregársela a Juana, una señora del barrio, muy pobre y con muchos hijos; de modo que al día siguiente, de camino a la carpintería, entregó la moneda a la mujer que se puso muy contenta.

Ya en el taller sus tareas le mantuvieron ocupado hasta la hora de comer y fue en aquel momento, al dejar el martillo encima de la mesa, cuando observó un resplandor dorado similar al del día anterior, solo que en esta ocasión no se trataba de una si no de dos enormes y relucientes monedas de oro. Jonás abrió unos ojos como platos ya que en esta ocasión no podía tratarse de otro descuido de manera que, aún sorprendido, optó por guardarse las dos monedas en el bolsillo del pantalón.

Aquella tarde recibió la visita de otro vecino. El hombre acudía a pagar al carpintero por haberle arreglado el tejado de su casa, pero con lágrimas en los ojos le dijo que le era imposible pagar, pues no tenía trabajo ni dinero. Jonás le escuchó atentamente y le contestó sonriendo: -no debes preocuparte; no hace falta que me pagues nada-. El hombre agradecido le abrazó y Jonás salió a despedirle hasta la calle de forma que cuando entró de nuevo en el taller encontró otras dos monedas de oro brillando encima de la mesa. El carpintero, incrédulo, se frotó los ojos al descubrir este nuevo tesoro y apresuradamente las recogió y se las guardó en el bolsillo junto a las otras.

Durante toda la noche y el día siguiente el buen carpintero estuvo buscando una explicación a lo sucedido y llegó a una conclusión: cada vez que ayudaba a alguien, recibía una recompensa en forma de monedas de oro.

Para tratar de comprobar su teoría recogió la caja de herramientas y acudió a la casa de un vecino al que tenía que arreglarle una ventana. Una vez en su casa le arregló el marco de la ventana y no solo no le cobró sino que además le ajustó una bisagra de la puerta que chirriaba. Después de recibir el agradecimiento del buen hombre, Jonás corrió hacia su taller apresuradamente, abrió la puerta y....¡¡efectivamente!!, encima de la mesa aparecían cuatro monedas de puro oro.

Jonás cerró la puerta tras de sí y la atrancó con un cerrojo; recogió las monedas y las guardó juntó con las demás.

Así fueron pasando los días y Jonás fue amasando una fortuna, aunque también y sin darse cuenta, su codicia también iba en aumento.

Hasta que un buen día el carpintero entregó una limosna a un ciego a la puerta de la iglesia y corrió al taller esperando su recompensa. Cual fue su sorpresa cuando en lugar de una pieza de oro lo que había encima de la mesa era una vulgar moneda de hierro. Confundido, el carpintero salió de nuevo a la calle y a la primera persona que se encontró le entregó una cantidad de dinero aún mayor que la del ciego; a continuación entró corriendo al taller y buscó y rebuscó sus monedas de oro: Revisó el banco de trabajo, arrojó al suelo toda la herramienta e incluso se arrodilló delante de la mesa para buscarlas por el suelo; pero lo único que halló fueron dos miserables monedas de hierro.

Enfurecido y aterrado optó por llevar su tesoro al Banco de la ciudad para ponerlo a salvo, así que recogió su cofre de monedas y salió. En el camino se encontró con su amigo el zapatero que le saludó cortésmente pero Jonás, mas preocupado por su dinero que por sus amigos, no tuvo tiempo de responder al saludo.

Todos los días acudía el carpintero al banco a contar sus monedas. Se había convertido en una persona desconfiada, malhumorada y con un corazón de hierro. Pero una mañana, al abrir el cofre, descubrió que sus amadas monedas doradas se habían convertido en vulgares monedas de hierro. Furioso por el engaño pidió explicaciones pero nadie en el banco se las pudo dar, de modo que Jonás tuvo que darse por vencido y echarse a llorar.

Ya de camino a casa, desolado y cargando con su cofre lleno de monedas sin valor, cruzó por delante de una pequeña herrería. Al verle pasar, un viejo herrero salió a su encuentro para pedirle una limosna. Jonás le miró de arriba a abajo y después de pensárselo unos segundos, sonriendo, le entregó el cofre. El viejo lo abrió y su cara se llenó de una gran alegría, ya que con aquellos trozos de hierro sin valor, podría forjar decenas de herraduras con las que poder dar de comer a su familia.

El carpintero le siguió con la mirada mientras el viejo se alejaba feliz con el cofre y, mas reconfortado, continuó su camino. Al llegar a la carpintería se puso el mandil para comenzar a trabajar y entonces observó que encima de la mesa había una reluciente moneda de oro.

De esta manera Jonás aprendió que la verdadera recompensa está en ayudar y no en esperar nada a cambio.

PASARAN COSAS


Pasarán Cosas

Ha empezado otro año.

Como un cuaderno nuevo está ante mí, y me acuerdo de cuando era chica, iba a la escuela y me apuraba para terminar el viejo cuaderno y así comenzar el otro. En las últimas páginas hacía letra grande, enormes dibujos apresurados. Pegaba dos hojas con engrudo de fabricación casera: agua y harina en la cocina.

Los cuadernos nuevos se empiezan con letra pequeña, pareja, prolija, cuidada...

Igual que los años.

Igual que éste.

¿Borrón y cuenta nueva?

No, no, sin borrón.

Y sumando a la cuenta nueva las otras cuentas que antes nos sirvieron.

Porque no todo está para el olvido.

Porque no todo fue para dejarlo atrás, disimulado entre las hierbas secas del otoño.

Pasaron cosas.

NOS PASARON COSAS.

Crecimos un poquito, un poquito así, pero crecimos.

Llorar hace crecer, es esa lluviecita de uvas de cristal sobre el techo de chapa de nuestro corazón. Pica, repica, musiquea, despierta.

Nadie es el mismo después de haber llorado.

Reír hace crecer.

También reímos.

Algunas veces, quizá podemos contarlas con los dedos de una mano... ¡Y cómo une la risa!: dos que se rieron juntos, a carcajadas limpia, no se desatan nunca en el recuerdo.

Yo tengo siete chistes favoritos, y me acuerdo de quiénes fueron las siete personas que me los contaron.

En cambio, no me acuerdo de todas las que me hicieron llorar o compartieron mis angustias.

No creas que se trata de mala memoria... me parece que es puro instinto de conservación.

Fíjate que la gente le huye a la tragedia.

En algún tiempo me daba mucha rabia, pero ahora lo entiendo y no la juzgo mal.

Una amiga de la infancia, que quiero profundamente, todavía no habló conmigo desde que murió mi compañero. Y si yo no la llamo no es porque no tenga ganas de hacerlo ni porque piense que es a ella a quien le corresponde llamarme... sino simplemente porque me da miedo que se sienta mal...

A ella le digo: si leés esto, no busques entre líneas... te quiero mucho, me gustaría que estuvieras cerca. No temas, no estoy desahuciada, no contagio las penas, las tengo dentro de mí, tan escondidas que para hallarlas tendrías que escarbar demasiado. Y, además, a los muertos queridos no los recuerdo muertos, los recuerdo con su olor a perfume y su camisa favorita, con la música que les gustaba, con las anécdotas que los muestran en su mejor momento. No hablaremos de heridas ni agonías ni hablaremos de nieblas o tormentas... no, ¿sabes qué haremos?... terminaremos la charla aquella que empezamos una tarde en un café de la calle Córdoba... o la seguiremos, porque las charlas entre amigas no se terminan nunca, son siempre una continuación de la anterior, que fue una continuación de la anterior... y así, siempre, siempre, hayan pasado días, meses, años.

Trabajar, hace crecer.

Y me ha dado un poco de trabajo trabajar.

Porque mi trabajo es solitario, callado, sin jefes que me obliguen a hacerlo, sin un horario que cumplir.

Se trata de transformarme en médium y sentir lo que todos sienten a mi alrededor... e interpretarlo con palabras escritas que traduzcan exactamente eso que siento, eso que sentís, eso que sienten otros.

Admirar hace crecer.

Es tan larga la lista de la gente que admiro, que te cansaría leerla. Pero en esos nombres seguramente nos reconoceremos, hermanadas, vos y yo. Violeta Parra, Mozart Mick Jagger, Horacio Molina, Paganini, Cortázar, Woody Allen, Silvio Rodriguez. Beethoven, Raúl Porcheto, Chopin, Alejo Carpentier, Fellini, la hermana Teresa, Silvina Ocampo, Bergman, Ricardo Montener, siempre mi Felisberto Hernández que releo, los hermanos Marx, Olga Orozco, Humphrey Bogart reviviendo cada vez que pasan "Casablanca" por televisión (ojalá que no dejen de pasarla nunca).

Al admirar abrimos una ventanita del alma que, a veces, está cerrada con candado. Al abrirla, nos abrimos. Dejamos que eche a volar un pájaro cautivo y que entre el aire con olor a magnolias y a flores de tilo, ese olor que es olor a verano y a plaza (Cuando era chica llevaba botellitas a la plaza, las movía, dando vueltas, y luego las tapaba, creyendo que en ellas podían guardarse los olores. Tal vez sí. Nunca las encontré, después, nunca tuve oportunidad de destaparlas...

Agradecer es crecer.

Amar es crecer.

Crear es crecer.

Ha empezado otro año.

Cuadernito nuevo.

Cuadernito de hojas inmaculadas, todavía en blanco.

Cuadernito que en la tapa dice Poldy.

Solamente que yo podré escribir en él los días que vendrán.

Poldy Bird



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