domingo, 1 de agosto de 2010

EL CÍRCULO DEL 99 ........

Patri Aranibar
El circulo del 99.........
Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz.
Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones ... de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

Un día el rey lo mandó llamar.

- Paje, le dijo, ¿Cuál es el secreto?

- ¿Qué secreto, Majestad?

- ¿Cuál es el secreto de tu alegría?

- No hay ningún secreto, Alteza.

- No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.

- No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.

- ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿Por qué?

- Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos. ¿Cómo no estar feliz?

- Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar - dijo el rey.

Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.

- Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando.

- ¡Vete, vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.

- ¿Por qué el es feliz?

- Ah, Majestad, lo que sucede es que el esta fuera del círculo.

- ¿Fuera del círculo?

- Así es.

- ¿Y eso es lo que lo hace feliz?

- No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

- A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.

- Así es.

- ¿Y cómo se salió?

- ¡Nunca entró!

- ¿Qué círculo es ese?

- El círculo del 99.

- Verdaderamente, no te entiendo nada.

- La única manera para que entendieras, seria mostrártelo en los hechos.

- ¿Cómo?

- Haciendo entrar a tu paje en el círculo.

- Eso es, obliguémoslo a entrar.

- No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.

- Entonces habrá que engañarlo.

- No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solo.

- ¿Pero el no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?

- Si se dará cuenta.

- Entonces no entrará.

- No lo podrá evitar.

- ¿Dices que el se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en el y no podrá salir?

- Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?.

- Si.

- Bien, esta noche pasaré a buscarte. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. 99!-

- ¿Que más? ¿Llevo los guardias por si acaso?

- Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.

- Hasta la noche.

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje.

Ahí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarro la bolsa y le pincho un papel que decía:

"Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste".

Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, la apretó contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta, y se volvió a meter a la casa, el rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena.

El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la vela. Se sentó y vació el contenido sobre la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro!. El que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas solo para él.

El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacia pilas de monedas.

Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60 ... hasta que formó la última pila: 9

monedas!!

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más, luego el piso y finalmente la bolsa. "No puede ser", pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

-¡Me robaron! -gritó. -¡Me robaron, malditos!. Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba.

-¡Solo 99! No puede ser, me falta una moneda.

-¡A nadie se le ocurriría dar solamente noventa y nueve monedas como recompensa!

Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro ¡Solo 99!. Noventa y nueve monedas de oro es mucho dinero, pensó. Pero me falta una moneda.

Noventa y nueve no es un numero completo - pensaba. -Cien es un número completo, pero noventa y nueve, no. ¡Necesito la otra moneda!

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se le habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña.

Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien?

Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el calculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.

-¡Doce años es mucho tiempo!, pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y el mismo, después de todo, el terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello.

Saco las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. -¡Era demasiado tiempo!. Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender. Vender... Vender.

Estaba haciendo calor. ¿Para que tanta ropa de invierno? ?Para que más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

El rey y el sabio, volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99.

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando con pocas pulgas.

- ¿Qué te pasa?- pregunto el rey de buen modo.

- Nada me pasa, nada me pasa.

- Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

- Hago mi trabajo. ¿No? ¿Qué quería su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humo

sábado, 31 de julio de 2010

cuento para adultos


CUENTO PARA ADULTOS QUE PIENSAN
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El jueves a las 0:24
CUENTO PARA ADULTOS QUE SABEN REFLEXIONAR

Erase una vez un pueblo muy, muy lejano, en el que vivía un carpintero muy especial:

Jonás era el carpintero del barrio y aunque tenía su pequeño taller varias calles más abajo, todo el vecindario sabía que podía acudir a él, ya que tenía un corazón de oro y ayudaba a la gente sin pedir nada a cambio, salvo una sonrisa de agradecimiento.

-La puerta ha quedado perfecta-, indicó Jonás mientras comprobaba las bisagras por última vez. A continuación recogió su caja de herramientas y se despidió de sus vecinos sin querer cobrarles nada por el trabajo, ya que sabía que aquella gente era muy pobre y no tenían apenas dinero.

Ya en la calle se encontró con Alonso, su buen amigo el zapatero, con el que se detuvo a charlar animadamente hasta que el reloj de la torre de la iglesia le indicó que era hora de volver a casa. A su regreso a la carpintería Jonás dejó la caja de herramientas encima de la mesa y se quitó el mandil para dejarlo colgado de una percha de la pared, pero en ese momento algo llamó poderosamente su atención: allí, encima de la mesa, justo al lado de la caja de herramientas, había una bonita y reluciente moneda de oro.

-¿Quién habrá olvidado aquí esta moneda?-, pensó mientras se rascaba la cabeza con la mano derecha. -Seguramente se la habrá dejado olvidada alguno de mis clientes- concluyó mientras cerraba la puerta del taller para dirigirse a casa. Jonás pasó toda la noche pensando quién podría ser el dueño de aquella moneda y solo se le ocurrió que ya que no podía saber a quién pertenecía, lo mejor sería entregársela a Juana, una señora del barrio, muy pobre y con muchos hijos; de modo que al día siguiente, de camino a la carpintería, entregó la moneda a la mujer que se puso muy contenta.

Ya en el taller sus tareas le mantuvieron ocupado hasta la hora de comer y fue en aquel momento, al dejar el martillo encima de la mesa, cuando observó un resplandor dorado similar al del día anterior, solo que en esta ocasión no se trataba de una si no de dos enormes y relucientes monedas de oro. Jonás abrió unos ojos como platos ya que en esta ocasión no podía tratarse de otro descuido de manera que, aún sorprendido, optó por guardarse las dos monedas en el bolsillo del pantalón.

Aquella tarde recibió la visita de otro vecino. El hombre acudía a pagar al carpintero por haberle arreglado el tejado de su casa, pero con lágrimas en los ojos le dijo que le era imposible pagar, pues no tenía trabajo ni dinero. Jonás le escuchó atentamente y le contestó sonriendo: -no debes preocuparte; no hace falta que me pagues nada-. El hombre agradecido le abrazó y Jonás salió a despedirle hasta la calle de forma que cuando entró de nuevo en el taller encontró otras dos monedas de oro brillando encima de la mesa. El carpintero, incrédulo, se frotó los ojos al descubrir este nuevo tesoro y apresuradamente las recogió y se las guardó en el bolsillo junto a las otras.

Durante toda la noche y el día siguiente el buen carpintero estuvo buscando una explicación a lo sucedido y llegó a una conclusión: cada vez que ayudaba a alguien, recibía una recompensa en forma de monedas de oro.

Para tratar de comprobar su teoría recogió la caja de herramientas y acudió a la casa de un vecino al que tenía que arreglarle una ventana. Una vez en su casa le arregló el marco de la ventana y no solo no le cobró sino que además le ajustó una bisagra de la puerta que chirriaba. Después de recibir el agradecimiento del buen hombre, Jonás corrió hacia su taller apresuradamente, abrió la puerta y....¡¡efectivamente!!, encima de la mesa aparecían cuatro monedas de puro oro.

Jonás cerró la puerta tras de sí y la atrancó con un cerrojo; recogió las monedas y las guardó juntó con las demás.

Así fueron pasando los días y Jonás fue amasando una fortuna, aunque también y sin darse cuenta, su codicia también iba en aumento.

Hasta que un buen día el carpintero entregó una limosna a un ciego a la puerta de la iglesia y corrió al taller esperando su recompensa. Cual fue su sorpresa cuando en lugar de una pieza de oro lo que había encima de la mesa era una vulgar moneda de hierro. Confundido, el carpintero salió de nuevo a la calle y a la primera persona que se encontró le entregó una cantidad de dinero aún mayor que la del ciego; a continuación entró corriendo al taller y buscó y rebuscó sus monedas de oro: Revisó el banco de trabajo, arrojó al suelo toda la herramienta e incluso se arrodilló delante de la mesa para buscarlas por el suelo; pero lo único que halló fueron dos miserables monedas de hierro.

Enfurecido y aterrado optó por llevar su tesoro al Banco de la ciudad para ponerlo a salvo, así que recogió su cofre de monedas y salió. En el camino se encontró con su amigo el zapatero que le saludó cortésmente pero Jonás, mas preocupado por su dinero que por sus amigos, no tuvo tiempo de responder al saludo.

Todos los días acudía el carpintero al banco a contar sus monedas. Se había convertido en una persona desconfiada, malhumorada y con un corazón de hierro. Pero una mañana, al abrir el cofre, descubrió que sus amadas monedas doradas se habían convertido en vulgares monedas de hierro. Furioso por el engaño pidió explicaciones pero nadie en el banco se las pudo dar, de modo que Jonás tuvo que darse por vencido y echarse a llorar.

Ya de camino a casa, desolado y cargando con su cofre lleno de monedas sin valor, cruzó por delante de una pequeña herrería. Al verle pasar, un viejo herrero salió a su encuentro para pedirle una limosna. Jonás le miró de arriba a abajo y después de pensárselo unos segundos, sonriendo, le entregó el cofre. El viejo lo abrió y su cara se llenó de una gran alegría, ya que con aquellos trozos de hierro sin valor, podría forjar decenas de herraduras con las que poder dar de comer a su familia.

El carpintero le siguió con la mirada mientras el viejo se alejaba feliz con el cofre y, mas reconfortado, continuó su camino. Al llegar a la carpintería se puso el mandil para comenzar a trabajar y entonces observó que encima de la mesa había una reluciente moneda de oro.

De esta manera Jonás aprendió que la verdadera recompensa está en ayudar y no en esperar nada a cambio.

PASARAN COSAS


Pasarán Cosas

Ha empezado otro año.

Como un cuaderno nuevo está ante mí, y me acuerdo de cuando era chica, iba a la escuela y me apuraba para terminar el viejo cuaderno y así comenzar el otro. En las últimas páginas hacía letra grande, enormes dibujos apresurados. Pegaba dos hojas con engrudo de fabricación casera: agua y harina en la cocina.

Los cuadernos nuevos se empiezan con letra pequeña, pareja, prolija, cuidada...

Igual que los años.

Igual que éste.

¿Borrón y cuenta nueva?

No, no, sin borrón.

Y sumando a la cuenta nueva las otras cuentas que antes nos sirvieron.

Porque no todo está para el olvido.

Porque no todo fue para dejarlo atrás, disimulado entre las hierbas secas del otoño.

Pasaron cosas.

NOS PASARON COSAS.

Crecimos un poquito, un poquito así, pero crecimos.

Llorar hace crecer, es esa lluviecita de uvas de cristal sobre el techo de chapa de nuestro corazón. Pica, repica, musiquea, despierta.

Nadie es el mismo después de haber llorado.

Reír hace crecer.

También reímos.

Algunas veces, quizá podemos contarlas con los dedos de una mano... ¡Y cómo une la risa!: dos que se rieron juntos, a carcajadas limpia, no se desatan nunca en el recuerdo.

Yo tengo siete chistes favoritos, y me acuerdo de quiénes fueron las siete personas que me los contaron.

En cambio, no me acuerdo de todas las que me hicieron llorar o compartieron mis angustias.

No creas que se trata de mala memoria... me parece que es puro instinto de conservación.

Fíjate que la gente le huye a la tragedia.

En algún tiempo me daba mucha rabia, pero ahora lo entiendo y no la juzgo mal.

Una amiga de la infancia, que quiero profundamente, todavía no habló conmigo desde que murió mi compañero. Y si yo no la llamo no es porque no tenga ganas de hacerlo ni porque piense que es a ella a quien le corresponde llamarme... sino simplemente porque me da miedo que se sienta mal...

A ella le digo: si leés esto, no busques entre líneas... te quiero mucho, me gustaría que estuvieras cerca. No temas, no estoy desahuciada, no contagio las penas, las tengo dentro de mí, tan escondidas que para hallarlas tendrías que escarbar demasiado. Y, además, a los muertos queridos no los recuerdo muertos, los recuerdo con su olor a perfume y su camisa favorita, con la música que les gustaba, con las anécdotas que los muestran en su mejor momento. No hablaremos de heridas ni agonías ni hablaremos de nieblas o tormentas... no, ¿sabes qué haremos?... terminaremos la charla aquella que empezamos una tarde en un café de la calle Córdoba... o la seguiremos, porque las charlas entre amigas no se terminan nunca, son siempre una continuación de la anterior, que fue una continuación de la anterior... y así, siempre, siempre, hayan pasado días, meses, años.

Trabajar, hace crecer.

Y me ha dado un poco de trabajo trabajar.

Porque mi trabajo es solitario, callado, sin jefes que me obliguen a hacerlo, sin un horario que cumplir.

Se trata de transformarme en médium y sentir lo que todos sienten a mi alrededor... e interpretarlo con palabras escritas que traduzcan exactamente eso que siento, eso que sentís, eso que sienten otros.

Admirar hace crecer.

Es tan larga la lista de la gente que admiro, que te cansaría leerla. Pero en esos nombres seguramente nos reconoceremos, hermanadas, vos y yo. Violeta Parra, Mozart Mick Jagger, Horacio Molina, Paganini, Cortázar, Woody Allen, Silvio Rodriguez. Beethoven, Raúl Porcheto, Chopin, Alejo Carpentier, Fellini, la hermana Teresa, Silvina Ocampo, Bergman, Ricardo Montener, siempre mi Felisberto Hernández que releo, los hermanos Marx, Olga Orozco, Humphrey Bogart reviviendo cada vez que pasan "Casablanca" por televisión (ojalá que no dejen de pasarla nunca).

Al admirar abrimos una ventanita del alma que, a veces, está cerrada con candado. Al abrirla, nos abrimos. Dejamos que eche a volar un pájaro cautivo y que entre el aire con olor a magnolias y a flores de tilo, ese olor que es olor a verano y a plaza (Cuando era chica llevaba botellitas a la plaza, las movía, dando vueltas, y luego las tapaba, creyendo que en ellas podían guardarse los olores. Tal vez sí. Nunca las encontré, después, nunca tuve oportunidad de destaparlas...

Agradecer es crecer.

Amar es crecer.

Crear es crecer.

Ha empezado otro año.

Cuadernito nuevo.

Cuadernito de hojas inmaculadas, todavía en blanco.

Cuadernito que en la tapa dice Poldy.

Solamente que yo podré escribir en él los días que vendrán.

Poldy Bird



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VOLCAN









A rare sight!!

For those who do not understand Mandarin, here is the translation
Yosemite National Park, California , USA
This park was gazetted as a national park in 1890. It is world famous for its rugged terrain, waterfall and century-old pine trees. It covers 1200 sq km and the "fire" waterfall of El Capitan is one of the most spectacular of all scenery.
The spectacular view of the waterfall is created by the reflection of sunlight hitting the falling water at a specific angle. This rare sight can only be seen at a 2-week period towards the end of Feburary. To photograph this rare event, photographers would often have to wait and endure years of patience in order to capture them. The reason is because its appearance depend on a few natural phenomenons occuring at the same time and luck.
1st, Is the formation of the waterfall - The water is formed by the melting of snow and ice at the top of the mountain. It melts between the month of December and January and by the end of February there might not have much snow left to melt.
2nd, is the specific angle of the sunray hitting the falling water - The sun's position must be exactly at a particular spot in the sky. This occur only in the month of February and at the short hours of dusk. If it is a day full of clouds or something blocking the sun, you can only take pictures of your own sorry faces on the waterfall. It coincides with the fact that the weather in the National Park at that time of the year is often volatile and unpredictable. It compounds to the difficulty of getting these pictures.
Someone did !!! and we all get to see it !!!

viernes, 30 de julio de 2010

UN POEMA






Como se hace un poema


Quiero que hagamos un recuerdo hoy, como se hace un poema.

Hoy, que todavía tengo estrellas en los ojos y la piel suave y nueva como hojas tiernas que inaugura la primavera en los árboles de octubre.

Hoy, que mi voz se nutre con savia de tu amor y conoce el itinerario que llega hasta el centro de tu corazón enamorado.

Hoy, que me has comprado un ramillete de violetas y aún están vivas y tienen un poco de rocío en los pétalos, y mis manos las sostienen a la altura de mi pecho, haciéndoles oír los golpeteos apurados anhelantes, de este corazón loco que late al compás de tus palabras.

Hoy, que somos felices y que reímos por nada, porque en la plaza no hay nadie, pudimos sentamos en un banco para nosotros solos, debajo de una fina y transparente llovizna de junio que nos humedece el pelo y la cara y nos devuelve aquella infancia, aquellos niños que fuimos una vez, desobedientes, escapados de la tutela materna, metiendo los zapatos en los charcos, demorando nuestra vuelta de la escuela para jugar a la rayuela sobre las baldosas rotas de la vereda.

Un recuerdo.

Un recuerdo perfecto y preciso, pintado con la témpera de un gran pintor, con todos los colores y todas las luces de este instante, para poder mirarlo más adelante y verlo así: tus ojos pardos, mis ojos azules, tu impermeable gris, mi tapado amarillo, los árboles de un verde lavado, los guijarros rojos, el cielo como una plancha de azogue y plomo, las violetas azules.

Una muchacha alegre y un muchacho contento.

Unas palabras viejas como el mundo que se llenan de alas y campanas y suenan nuevas, nuevas por completo porque han sido pulidas y lustradas por la ternura que nos rebasa, que nos cubre, que nos estremece.

Este beso que enciende, esta cabeza mía que cae como un fruto dorado sobre tu pecho.

Este momento de felicidad que nos vuelve hermosos, únicos habitantes de¡ milagro.
Somos los pobladores de la maravilla, ¿te das cuenta?

Somos una canción, dos aves en vuelo, dos estrellas de una constelación de amor.

Somos los sacerdotes de una antigua religión que la humanidad vuelve a inaugurar cada vez que un hombre y una mujer entrelazan las manos y se dicen te quiero.

Somos un amanecer, la llegada de¡ sol y del verano en una lluviosa tarde. Esto se repetirá, dices. Esto se repetirá, digo.

Habrá otras tardes y otros días y otros be y otras palabras iguales a éstas... Sí, si... vos querés que así sea, yo quiero que así sea... Pero el tiempo se nos va a trepar, nos obligará a cambiar -como a todos-, y a medida que transcurran los meses y los años nos convertiremos en otros, parecidos a estos de hoy, pero otros. Habremos salvado algunos obstáculos, habremos sufrido algunas desilusiones, tendremos algunas heridas que trataremos de curar y algunos miedos que desearemos olvidar... ciertas partes de los resortes que hoy nos mueven estarán gastadas y tendremos que cambiarlas.

Porque eso es vivir ... ; vivir es gastarse y renovarse y volverse a gastar, dejar cosas en el camino... y encontrar otras.

Nos amaremos, si seguiremos amándonos..., pero también nuestro amor pasará por mil pruebas, será iluminado por otras luces y oscurecido por sombras. También nuestro amor cambiará, se irá modificando, ganara hondura y perderá esplendor. Será alto y macizo como el roble añoso, y no tendrá la gracia -un poco endeble, pero arrobadora- de¡ arbolito nuevo.

Por eso quiero que hoy, que en este momento, fabriquemos un recuerdo con todo lo que nos pertenece, con lo que somos ahora, y lo guardemos con cuidado, como se guardan las fotografías de los grandes acontecimientos, para mirarlo, pasados unos años, y encontrarnos en él... y volver a vivir por un instante este temblor, esta claridad, esta emoción esta perfecta realidad de amor que nos hace felices.

No creas que no te he amado.

No creas que no te amo cuando te pienso, cuando te recuerdo y te digo gracias, gracias, un millón de veces gracias ...

Poldy Bird